Depravados

Del inevitable final de los Políticos

En su momento, cuando ese poder clerical y eclesiástico se había vuelto farsa, cuando se salieron de la dignidad espiritual para entregarse a los negocios administrativos del exceso material, cuando aprovecharon por demás lo que se les había confiado, cuando comenzaron a estafar en la tierra con lo que provenía del cielo, cuando de piadosos se volvieron burócratas, cuando ya no creían lo que decían y sermoneaban, cuando las catedrales e iglesias se volvían feudos de poder y jerarquías vulgares, cuando con el Antiguo y Nuevo Testamento hacían compraventas, cuando otorgaban prerrogativas por dinero, cuando creyeron que nada los paraba porque eran intocables,  cuando negociaban paraísos por plata, cuando asustaban con infiernos, cuando predicaban lo que no hacían, les llegó finalmente a los del Clero, esos obispos, sacerdotes, curas y padres, su forzoso final. Digo que su poder llegó a su fin. Fue un largo y lento proceso, siglos quizás. Al principio se soportaba o no se creía que hombres honorables de alma entren a depravarse por cualquier cosa. Llegó el momento en que el beneficio de clerecía era una impostura. De la superstición ventajosa, aprovechándose del pueblo creyente, fueron por todas las formas de engaño posible.

Del mismo modo, con la democracia ventajosa y representativa, aprovechándose del pueblo democrático, los ahora hombres del poder: los políticos—sucesores de los clérigos—deambulan en el mismo derrotero. Antes eran Catedrales, ahora con Congresos. Antes eran Biblias, ahora son Constituciones de Naciones. Antes eran ritos, ahora son votos. Antes eran túnicas y sotanas, ahora trajes y polleras. Antes sermones, ahora publicidades. Antes almas, ahora consumidores. Antes pecados, ahora deudas. Antes misas, ahora comités. Y la lista es larga. Con buena fe iniciaron el camino esos hombres de la Iglesia. Con los siglos, la tentación del poder los fue rebajando a una fe comercial. Se soportó hasta que vino el relevo. Otros hombres de buena fe, pero laicos, civiles y seculares tomaron el poder sobre la tierra con una democracia prometedora, justa y digna. Pasaron casi dos siglos, y más rápido que esos eclesiásticos, fueron degradando y degradándose al punto que con otros medios pero con los mismos procedimientos se volvieron irrespetuosos—como irreligiosos sus predecesores— indignos, corruptos, malintencionados, negociantes, sirviéndose a sí mismos, prometiendo sin cumplir, aprovechándose de un poder que se les había confiado, pervirtiendo la representatividad en beneficios pecuniarios, haciendo de lo civil un patraña, vendiéndose al mejor postor, buscando no en lo justo del discurso y de la acción sino en la publicidad la forma de convencer, vender, persuadir, haciendo creer que son imprescindibles para sostener la democracia. Haciéndonos creer que de ellos dependemos. Insistiendo en que la democracia, es decir un sistema de gobierno es imposible sin ellos, los políticos.

Así como los eclesiásticos tuvieron su final, tienen su final ahora los políticos. Los políticos digo bien y clarito. Esa gentuza que supone que no se puede gobernar ni administrar el mando si no es por su presencia. Pero no es así. También se creyó eso del clero. Pero sucumbieron. Así van a sucumbir estos: ese conjunto llamado “los políticos”.

Vendrán otros. Aún no sabemos cómo se llamarán. Otros que seguramente volverán a las fuentes de cómo se gobierna, de cómo se trata a los hombres, de cómo se manda y obedece con dignidad, de cómo se puede respetar al que manda. Otros, los nuevos gobernantes sin nombre aún que no serán políticos.

La sensación de no tolerar más a estos “políticos” se hace cada vez más fuerte entre los ciudadanos. Será necesario crear. Será necesario comprender que cuando los que mandan, tengan el nombre y la forma que tengan, se pervierten ya no sirven más. No se trata de democracia o no democracia, no se trata de mejores políticos. No. Se trata de la forma del gobernante que es simplemente “político”. Que se entienda bien: no se trata de sacarlos de la escena. Se están retirando solos. Se están pudriendo solos en sus estafas. Vendieron su dignidad y se sabe. El futuro será tomado por otro grupo de hombres que aún no entraron en la escena pero que entrarán inevitablemente como entraron estos civiles cuando los clérigos se pervirtieron en el gobierno del mundo. Tal vez sea la hora de que cada uno comprenda que debe también tener la responsabilidad de gobernarse a sí mismo. Ciertamente a partir de ese nuevo criterio de gobernarse a sí mismo, sin intermediarios celestiales ni representantes terrenales,  pueda empezar a despuntar una forma de hombre de mando que vuelva a poner el gobierno del mundo en la honesta dignidad que se merece.

“Rara excepción”

“Rara excepción”, comentó el Primer Británico David Cameron cuando la periodista argentina Ana Frossen le pidió una opinión sobre el estado de la República Argentina. Ciertamente lacónico pero, costumbre concreta entre los ingleses, muy precisa. En dos palabras condensó no sólo la actualidad sino casi toda la historia de una nación que hubiese sido inglesa allá por los inicios del siglo XIX. Después de un silencio le retrucó: —¿Por qué?

Según dicen Cameron prefirió no responderle. Clavó sus ojos en uno de sus consejeros, mejor conocedor de la Argentina, quien se ocupó de dar más explicaciones. “Argentina es uno de esos lugares donde nada funciona como debería. Lo contrario del Reino Unido. Y no crea que me refiero a cuestiones económicas o políticas. Sus causas son sexuales.”  Ante el sonrojo de la joven periodista Cameron no dudó, para distraerla del comentario, acercarle la tasa de té. Frossen primero bajó la vista y no se atrevió a anotar. Pensó por dentro que era una broma. Oscar Wilde, continuó el consejero, en su extenso ensayo La Maldición de ciertas naciones, cita a la Argentina como “una de esas naciones cuyas mujeres no reciben lo que merecen o lo reciben mal, y las consecuencias a la vista en el dormitorio se multiplican en el vasto territorio pero permanecen ocultas justamente a los hombres. Esa es su secreta maldición de la que no podrán desembarazarse fácilmente salvo que ellas terminen de una vez por revelarlo dignamente.”

Absorta, la periodista ya no anotaba. En cierta medida, se vio implicada como mujer y ya no sabía cómo proseguir la conversación. “Es así, enfatizó Cameron, Wilde era un exquisito entendido en las razones menos evidentes que determinan a los pueblos, sin importarle las consideraciones sociales, políticas, económicas y todas esas estadísticas sobre el comercio. Era un ser astuto que conocía el sexo femenino hasta profundidades poco habituales para un hombre. Poeta, no poca cosa, remató Cameron con la clara intención de terminar la entrevista sin antes preguntarle: —¿Quisiera ver el ejemplar?

Sin esperar la respuesta fue a uno de sus estantes y sacó el manuscrito mismo.

“Nunca lo dimos a la imprenta.” En un perfecto latín el consejero se puso de pie y dijo: “Librorum prohibitorum, madame. El libro, par excelence, que nos sirvió para comprender a las naciones del mundo en los asuntos matrimoniales más íntimos y gracias al cual hemos gobernado durante el siglo XIX hasta la primera guerra mundial. Manuscrito que no ha salido jamás de 10 de Downing Street. Sir George Downing fue un espía que trabajó para Oliver Cromwell. Todo tiene su razón. Downing es “la Casa de Atrás”. Wilde, antes de caer preso, envió el manuscrito justamente pidiendo misericordia que no le fue concedida, como Ud. sabe. En la carta que acompañaba el manuscrito Wilde decía que “las bases de una nación, lejos de estar en los lugares comunes se encuentran encerradas en las partes pudendas de nuestras mujeres. Todavía nadie ha hecho una lectura minuciosa de Sade ni de Diderot. Esos franceses saben más que ningún pueblo del placer femenino y sus consecuencias nacionales.”

Frossen ya no miraba; su vista estaba indiscutiblemente perdida y no comprendía nada. Pidió ir al toillete y tardó en volver al salón. “Estos tipos me está jodiendo”, pensó para sí mientras se revolvía el pelo. “La puta que los parió…de qué carajo están hablando”. Decida, retornó al salón y bien erguida sobre esos cómodos sillones aterciopelados, los encaró sin pelos en la lengua: “Ustedes creen que yo soy estúpida, que me van a tomar el pelo de este modo, que porque soy una joven periodista de un país de cuarta me van a venir con esas historias…pero por favor… déjense de joder”. La traductora de  Frossen no dudaba en transmitir también el énfasis con que brotaban las malas palabras.

Cameron y su consejero, imperturbables dejaron que se desahogara. Después de los gritos vino un llanto imposible de contener. Ana Frossen, de unos 25 años, egresada de la Universidad de Palermo con las mejores calificaciones, después del llanto agarró la tetera con violencia y la tiró contra el cuadro de Churchill. Tomó su cartera y salió indignada a la calle donde la esperaba su novio.

—¿Cómo te fue?

—Como el orto, son unos hijos de puta, no sé para qué me puse esta minifalda…los tipos no paraban de mirarme las gambas…

—Boluda, te lo dije…pero pudiste hacer la entrevista…de qué hablaron, decime algo Ana…Ana por favor decime qué pasó…

—Nada, nada, se burlaron de mí. Me trataron de puta, no sé…que las causas son sexuales, que Oscar Wilde escribió no sé qué carajo y que…boludeces, todas boludeces…

—Pero no te pidieron que les preguntes cómo ven a la Argentina, no era ese el tema que te encargaron…de qué me estás hablando…

Cuando Frossen llegó al hotel se sentó en su computadora y redactó lo sucedido, mencionó todo tal cual, no se le pasó ni un detalle y resaltó lo de la tetera sobre el cuadro de Churchill.

Sus padres que la esperaban en el aeropuerto, estaban acompañados de un psiquiatra. La joven ya había sido internada por trastornos de la personalidad. Cuando relataba los hechos en el auto que la llevaba al hospital ninguno le prestaba atención. Su novio la acariciaba mientras ella miraba la ciudad con lágrimas en los ojos.

Permaneció tres semanas en una clínica privada hasta que la medicación le hizo efecto y empezó a dudar aquello que le había sucedido en Downing Street. A dudar… porque tal vez los ingleses siempre tienen razón…